La noche en que te conocí
Y de pronto...
Mis años habían transcurrido de
manera normal, sin ningún evento excepcional, basados en un cúmulo de
experiencias agradables y no tan agradables pero que le dan ese sabor especial
a este momento lúcido, cálido, espontáneo y breve llamado vida.
Siempre rodeado de personas que
hacen que este corto espacio aquí sea plenamente agradable, sí, me refiero a
mis amigos que, aunque no exista lazo consanguíneo, junto con mi familia son el
motor que impulsa y me motiva a seguir aquí, simplemente viviendo y
disfrutando.
Y heme aquí, respirando el otoño
número 34 en mi historia, pensando en que todo transcurría de manera normal,
sin embargo, ese otoño tenía algo maravillosamente planeado para mí, Dios se
había tomado el tiempo para idear un plan perfecto que tenía un nombre en su portada,
ese nombre era el mío.
Aun no entiendo el motivo por el
cual mi Gran Padre quiso incluir tanta alegría en mí.
–¿Por qué yo? –me pregunté, no he
sido el mejor, he tenido muchos tropiezos y en ocasiones con mis acciones le he
faltado el respeto, sin embargo, Él nos ama tanto que a pesar de todo, también
se da el tiempo para planear cosas maravillosas en nosotros, aunque la gran
mayoría de las veces no las merezcamos.
Él me ha llenado de abundantes
bendiciones durante 34 otoños con sus inviernos y lo que tenía planeado para mí
definitivamente no lo esperaba.
Y DE PRONTO... me encontraba
disfrutando una gran noche, sentado en una silla alrededor de una mesa redonda
rodeado de esos seres tan geniales creados por Dios llamados amigos, todos con
un mismo objetivo: compartir la alegría y la felicidad de dos almas que se
habían encontrado años atrás y que ese otoño decidían unir sus vidas en
matrimonio, Rosalinda y Jesús (Ros y Chucho). Para variar, ahí me encontraba
yo, alegre y felizmente soltero, riendo y platicando con todos, pero buscando
entre la gente una sonrisa que me había cautivado dos días atrás.
Ese era el preámbulo de una noche
que por mucho ha sido la noche más maravillosa de mi vida.
Y allí estaba ella,
la identifiqué por la silueta perfecta y radiante de esa sonrisa cautivadora,
no sabía quién era la dueña de semejante y magnífica sonrisa, pero –qué hermosa
es –pensé en mis adentros.
Hasta ese momento solo era “la
hermosa chica sonriente del vestido rojo” amiga de Chucho y así se habría
quedado ese momento maravilloso guardado en mis recuerdos, el momento en el que
creí haber visto un ángel vestido de rojo iluminando mi noche y alegrándola
solo con su sonrisa, sin embargo, Dios ya había trazado el destino de esa noche
en su plan perfecto.
–Vengan, vamos a tomarnos unas
fotos –comentó la guapa Ros mientras se iba acercando a nuestra mesa.
–Claro, ¡vamos! –respondimos
todos casi al mismo tiempo, de una u otra forma esperábamos poder plasmar en
una fotografía el bello momento que estaban viviendo nuestros amigos,
finalmente, fiesta sin foto no es fiesta.
Como era de esperarse, nos
levantamos todos en la mesa y nos dirigimos a un gran árbol que resaltaba entre
la oscura y nublada noche, se encontraba adornado con muchas luces que hacía
que se viera digno para un hermoso fondo de fotografía del recuerdo, ahí
estábamos todos compartiendo la felicidad de la feliz pareja, no faltaban risas
y frases chuscas, recuerdos y memorias que causaban más que una sonrisa en
ocasiones.
Y DE PRONTO… la mujer de mis
sueños, la hermosa princesa de vestido rojo se encontraba caminando cerca de
donde nos encontrábamos, recuerdo perfectamente el instante que la vi caminar,
o tal vez iba volando como un bello ángel, la verdad no presté atención a ese
detalle menor, lo que recuerdo con total certeza es esa radiante sonrisa que se
esbozaba en su rostro, tan radiante que brillaba en la oscura y nublada noche
como un faro que se vislumbra entre la inmensidad del mar avisando a las
embarcaciones que se aproximan a tierra, el barco de mi mente no podía dejar de
mirar aquel hermoso faro con su luz roja intensa entre la inmensidad de gente.
No recuerdo cuanto tiempo
transcurrió, tal vez fueron segundos o tal vez minutos, solo recuerdo que en
ese preciso instante el mundo se congeló, como si en mis manos tuviera un
control del tiempo en el cual apretaba un botón para que transcurriera todo en
cámara lenta, su silueta, su caminar, su sonrisa, su cabello, sus ojos, toda
esa escena me tenía obnubilado.
Mi asombro fue aún mayor al ver
que tremenda hermosura se había quedado inmóvil en un muro de aquel salón de
fiestas, tal vez contemplando el paisaje, tal vez recordando algún pendiente o
tal vez porque así lo había trazado Dios en su perfecto plan.
– Ahora regreso, me llaman...
–fue el comentario en tono sarcástico y chusco que le hice a Ros mientras
dirigía mi mirada hacia el pilar donde se encontraba aquel hermoso ángel
admirando la noche.
– ¡Anda, ve!, no seas cobarde –me
respondió al tiempo que me empujaba en dirección hacia aquella princesa, mi
princesa de vestido rojo.
– ¿Cómo crees? No voy a ir, no la
conozco, no me la han presentado –fue la respuesta que le di justificando mi
miedo al rechazo o pena por acercarme a aquella hermosa princesa.
– No seas cobarde, aviéntate, que
no piensen que los tabasqueños somos miedosos. –me decía una y otra vez Ros,
sin lograr por ello que venciera mi miedo a acercarme.
Dos días antes a esa fecha, la
feliz pareja nos había invitado a convivir con los amigos más allegados de
Chucho, quien es del norte y por motivos laborales se había mudado a una
pequeña ciudad llamada Paraíso, ubicada al sureste de la república en el estado
de Tabasco, Chucho jamás imaginó que conocería al amor de su vida aquí mismo y
que uniría su vida a Ros en esta pequeña ciudad.
Sus amistades y familiares habían
arribado para celebrar el enlace matrimonial que se llevaría a cabo, dentro del
recorrido que Chucho les había dado por los lugares peculiares, incluía una
noche de fiesta en un pequeño sitio ubicado en el acceso de la pequeña ciudad,
mis amigos y yo habíamos quedado en reunirnos unas horas antes para cenar,
pasado un tiempo, recibimos el aviso para acudir al lugar acordado a convivir y
conocer a los amigos del norte. Nos retiramos del lugar donde habíamos cenado y
nos trasladamos al sitio designado, al llegar notamos que aún no había llegado
la feliz pareja de futuros esposos ni sus amigos, procedimos a pedir una mesa y
esperar a que llegara el resto de los invitados.
No transcurrieron más de 10
minutos cuando arribaron al sitio los tan esperados personajes, los felices
novios o futuros esposos, con euforia y alegría saludamos a Chucho y Ros,
quienes literalmente tendrían su última salida de fiesta como solteros,
posteriormente tendrían muchas como felices esposos. En sus rostros se denotaba
mucha felicidad al igual que nerviosismo y no era para menos, después de los
saludos efusivos saludamos a sus amigos, que se habían sentado en la mesa
continua, fue en ese instante que la vi por primera vez, si, vi a esa hermosa
mujer que hoy, el día de la boda, me tenía cautivado con su vestido rojo que
delimitaba su perfecta silueta, con esa sonrisa me había robado el alma, pero…
¿quién era esa hermosa chica de sonrisa tan linda?, no sabía su nombre, ni el
parentesco con Chucho, lo único que sabía con certeza era que me había flechado
con su singular y radiante sonrisa. Esa noche no hubo oportunidad de conocer a
la bella chica de la sonrisa radiante, me sentía muy cansado por lo que opté en
retirarme del lugar, no sin antes despedirme de los felices novios.
– Que mal anfitrión eres Chucho.
–Exclamé cuando me fui a despedir de él.
– ¿Por qué lo dices? –respondió.
– Porque no nos presentaste a tus
amigos –exclamé, aunque había hablado en plural, realmente mi “reclamo” iba
canalizado a una persona en particular, sí, porqu no me había presentado a la
bella chica de la sonrisa radiante.
– ¡Es cierto! Disculpa, –expresó
Chucho, al tiempo que le daba un fuerte abrazo y le decía que no se preocupara,
de todas formas, yo me retiraba esa noche, la noche que conocí al ángel con la
sonrisa más bella.
Continuando en la fiesta, esta transcurría
muy agradable, yo continuaba con mucha pena de animarme a hablar a mi bella
princesa de vestido rojo, no importaba que esa imagen quedara plasmada solo en
mi mente, para mí era suficiente, a pesar de la insistencia de Ros, quien se dio
por vencida conmigo y optó por dejar de insistir.
Terminamos la sesión fotográfica
entre risas y buenos deseos, mis amigos y yo nos dirigíamos hacia nuestra mesa
para continuar en la celebración, justo en el instante que comenzábamos a
retirarnos, mi bella princesa desconocida de vestido rojo se retiró del pilar
donde se encontraba admirando la noche y se dirigió a una zona más apartada,
donde se podía apreciar un bello paisaje. Fue en ese instante que sentí una
fuerza superior a mí que hizo retroceder mis pasos, quedarme detrás de mis
amigos y dar la vuelta para ir hacia la gloria, hacia donde se encontraba
aquella mujer que me había cautivado, aun no entiendo el motivo por el que tomé
esa decisión, la única explicación razonable es que eso era parte del plan que
se le había ocurrido a Dios, sí, ese plan que en su portada tenía mi nombre.
Sin que mis amigos se dieran
cuenta, me quedé detrás de ellos, me detuve y pensé –Edwin, es ahora cuando
debes animarte, ve y háblale– era una voz que recorría una y otra vez en mi
mente, seguro fueron solo unos segundos, pero esa voz se repitió decenas de
veces retumbando como un trueno en medio de una quieta noche, en medio de una
noche que solo podía inquietarse por la hermosa figura de una bella princesa de
vestido rojo y vaya que lo había logrado.
Mis pasos se volvieron lentos hasta
detenerse y posteriormente giré para me dirigirme hacia donde se encontraba
ella, aún no me explico el por qué me atreví a realizar semejante hazaña, solo
sé que fue la mejor acción que pude haber realizado quizá en lo que llevo de
vida, en mis 34 otoños con sus inviernos. Conforme iba caminando y acercándome
a aquella hermosura, sentía como poco a poco mis manos iban sintiendo un calor
que generaba sudoración, en mi estómago se desataba una revolución interna como
si todas mis entrañas se emocionaran cada vez más y más con la cercanía que iba
acortándose, mi corazón palpitaba de una forma fuera de lo normal como si
siguieran el compás de una canción que retumbaba en mi ser y mi mente enfrentaba
una batalla con pensamientos contradictorios, por una parte animándome a
continuar y por otra ofreciendo mi retirada previa a un posible rechazo, sin
embargo, la fuerza superior a mi pudo más y continué mi caminata hacia la
gloria, hacia ella. Al llegar frente a ella sentí como si la respiración se me
cortara, como si la noche misma hubiera hecho un complot para robarme el aliento,
tal vez fue la impresión de verla, de tenerla tan cerca de mí, lo único que mi
boca pudo articular en ese momento fue un:
–¡Hola! ¿Te sientes bien?, –mientras
mi princesa giraba su mirada hacia mí como un apuntador láser, sin saber hasta
ese momento si lo que pretendía era aventar un misil hacia mí para
desaparecerme de la faz de la tierra o simplemente observar como un desconocido
se atrevía a interrumpir su momento a solas, para mi gran sorpresa, su
respuesta fue muy educada.
–Hola, no para nada, solo estoy
admirando el paisaje, es muy bonito. –Fue la respuesta que ella argumentó. Acto
seguido, me coloqué a un costado de la banca blanca de metal donde se
encontraba admirando el paisaje, tomando asiento y comenzando una plática tal
vez sin sentido, con preguntas de temas como gustos, aficiones, intereses,
etc., mientras transcurría el tiempo y la noche, yo me perdía cada vez más en
aquella sonrisa perfecta que se dibujaba en el hermoso rostro de mi princesa de
vestido rojo, me sentía el hombre más afortunado del mundo porque al fin había
logrado cruzar palabras con esa mujer que tenía dos días cautivándome, podría
haberme pasado toda la noche ahí, sentado admirando a aquella belleza. Unas
gotas de lluvia comenzaron a caer en aquella noche, motivo suficiente para
comentar que era hora de partir cada quien con sus amigos, fue entonces cuando
me atreví a preguntarle su nombre, necesitaba saber el nombre que tenía aquella
hermosura que llevaba dos días robándome más que un suspiro.
–Por cierto, ¿cuál es tu nombre?
–Le pregunté.
–Jenny, mi nombre es Jenny. –Me
respondió con esa sonrisa resplandeciente que la caracteriza, yo estaba
idiotizado con su resplandor.
–Mucho gusto Jenny, yo soy Edwin.
–Contesté en cuanto pude conectar la mente con mi boca, ya que me encontraba
perdido en el infinito de su belleza, enseguida le extendía mi mano para
estrecharla con la suya en un saludo más que formal y educado.
–Mucho gusto Edwin, también ha
sido un gusto conocerte. –Después de estrechar nuestras manos y haber sentido
la cálida y suave piel de aquella princesa, nos dirigimos hacia nuestras
respectivas mesas, en mi rostro se dibujaba una sonrisa que era indescriptible,
mágica, contagiosa y me inundaba de felicidad, al regresar a la mesa, mis amigos
pudieron percatarse que mi ser se mostraba más feliz de lo normal.
…Continuará…
Comentarios
Publicar un comentario